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10 Ago 202013:19

El caso Christian Lacroix o por qué hay que ganar dinero

No basta con ser creativo, no basta con impactar en las pasarelas, no basta con haber sido, quizás, uno de los que más y mejor ha hecho una lectura barroca de la belleza femenina. La debacle de la casa de moda parisina Christian Lacroix es el ejemplo de lo que no hay que hacer en el mundo de la moda. Y los creadores españoles deberían tomar buena nota: hay que ser rentable y estar de moda.

España es una industria de creadores en miríada, con pocas ventas, creando para pasarelas impulsadas por el sector público y escasa rentabilidad empresarial. Si Christian Lacroix, que nació de un conglomerado financiero como LVMH en 1987, ha acabado despidiendo a más de un centenar de trabajadores y cerrando sus colecciones de prêt à porter y alta costura, ¿qué será de firmas españolas que siempre han contado con unos recursos de capital anémicos?

Lo importante no es ni el lujo ni el glamour. Burberry gana dinero. Mango gana dinero. Tous gana dinero. El caso Lacroix demuestra que no sirve de nada que estrellas como Christina Aguilera vistan tus modelos en los Grammy si no eres rentable.

La diversificación a lo loco tampoco ayuda. Christian Lacroix hacía de todo, pero no ganaba dinero en nada. Licenciaba perfumes, abría una gama de vestidos de novia, se pasaba a la lencería, daba su nombre a una línea de vaqueros. Daba igual. Nada salvó la última línea de la cuenta de resultados.

Dar el pase para especular es lo peor que se puede hacer en el mundo de la moda cuando las cosas van mal. Cuando LVMH se vio incapaz de rentabilizar su inversión a pesar de los fondos dilapidados, en vez de reestructurar y centrar a su creador estrella, vendieron a los hermanos Falic, que finalmente son los que han liquidado las líneas de moda, después de que nadie haya presentado ofertas para quedarse con la firma.

Vender está bien. Pero Lacroix nunca dejó de ser algo minoritario. Cuando su caso acabó en los juzgados de París, apenas facturaba 30 millones de euros anuales. A peor iban las ventas, más excéntrico se volvía su creador, como prueba su última colección de novia, en la que vistió a Dita von Teese como una virgen fallera.

Humildad, capital, rentabilidad y tamaño fueron lo que le faltó a Christian Lacroix. Vanidad, egolatría y carencia de visión comercial, lo que tenía de sobras. Si alguien quiere cambiar el nombre de Lacroix, dividir su volumen de negocio por tres y escribir sobre el tipex el nombre de una empresa española, sobran candidatos válidos. Y el sector debe reaccionar y remediarlo.

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