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20 Sep 201718:32

Yo confieso: fui diseñadora de moda

Yo confieso: fui diseñadora de moda

Pues sí, así es. Todo el mundo tiene un pasado y el mío incluye haber estudiado diseño allá por los Ochenta, cuando este país era otra cosa en materia de moda, y parecía que algo teníamos que decirle al mundo.

 

Y lo hice en la mejor escuela de Barcelona entonces, porque mis padres, puestos a gastar en los estudios de la niña -que además iba a la Universidad-, al menos querían que recibiera la mejor formación en un ámbito tan complicado como el de la moda.

 

Confieso también que quise montar mi propio chiringuito -no lo llamaré marca- con unas compañeras de escuela. Eso sí, no teníamos ni idea de nada más que no fuera patronar, cortar, coser y cantar, y sudar para que a los proveedores de tejidos les hicieran gracia estas chicas tan monas y nos vendieran un metraje ridículo; y que los talleres no nos pasaran por delante pedidos mucho más rentables; y que la planchadora no metiese la plancha donde no tocaba. ¡Uf! Todavía recuerdo lo mal que lo pasábamos intentando controlar todo el proceso.

 

La cosa fue bien porque vendíamos a una marca muy fashion entonces del Boulevard Rosa cuando era el centro comercial más in de Barcelona. Pero acabó mal porque no habían papeles firmados, y cuando hay dinero y, además, amistades de por medio, mejor dejarlo todo atado y bien atado.

 

Después trabajé (cobrando) para un importante diseñador, responsable en buena parte de la modernización del prêt-à-porter español -con desfiles incluidos en la capital-, hasta que aprendí todo lo aprendible con él.

 

Y entonces tuve que tomar la decisión: ¿me lanzaba al proceloso mar de la moda? Y si lo hacía, ¿de dónde sacaba el dinero para montar mi propio chiringuito? Porque yo soy hija de la clase media… Después de reflexionar sobre el asunto y hacer un examen de ego -¿iba a aportar algo REALMENTE nuevo en algún aspecto? ¿O solamente era una concesión a mi vena creativa tipo “mi estilo es muy guay y voy a triunfar porque yo lo valgo”?-, lo tuve claro: el mundo creativo de la moda no se perdería nada si una servidora renunciaba a ser una de sus estrellas, porque, además, tampoco tenía recursos para brillar. PUNTO.

 

Pero la moda me apasionaba, así que decidí encarrilar mi talento por otros derroteros relacionados aprovechando mi licenciatura en Historia y mi vena de lectora impenitente. Y aquí estamos. De la historia a la sociología, de ésta a la comunicación y después al branding y la consultoría. Resumiendo: llevo 19 años siendo docente del mundo de la moda, he trabajado en casi todas las de Barcelona (incluso paralelamente) y he dado clases a una media de 150 alumnos por curso. La multiplicación que haga el resto.

 

He visto formarse a miles de alumnos y nunca los he engañado sobre el mundo que les esperaba allá fuera, y quienes han pasado por mi saben que, independientemente de la asignatura, el primer día con una clase nueva les espeto sin contemplaciones siempre el mismo recibimiento: “Bienvenidos a la moda, bienvenidos a la guerra”. De ahí a explicarles la realidad del mundo fashion, dos horas. Pero no lo hago para desilusionarlos, al contrario. Mi misión es darles armas para esa guerra y concenciarlos de que, en España, está todo por hacer. Y que son ellos quienes deben cambiar el panorama.

 

Bien, con este aval creo que estoy más que capacitada para hablar de los jóvenes diseñadores de moda que salen de las escuelas queriendo crear su propia marca. Porque, además, muchos de mis alumnos, una vez exalumnos ya, han acudido a Sofoco a pedir consejo para decidir que hacer con sus vidas creativas, y una parte de nuestra consultoría ha sido pura ONG.

 

Nuestro consejo siempre ha sido el mismo: ¿acabas de salir de la escuela y quieres montar tu marca? Vete antes al extranjero, bien a perfeccionar tus estudios, bien a trabajar con alguien. Al menos 4 años, y luego hablamos. Que el prêt-à-porter es una trampa financiera, que hay que tener recursos, que hay que saber gestionar una empresa y no sólo diseñar colecciones, que el mundo que te enseña la escuela es uno, y el de la moda real, otro… ¿Qué te empeñas en crear tu marca contra viento y marea? Haz un business plan, y luego hablamos.

 

Los Cardona Bonache también pasaron por Sofoco. Los ayudamos a crear su incipiente identidad como marca porque se empeñaron en crearla a pesar de las adverencias; y se rodearon de profesionales que, amantes del oenegeismo, quisieron apostar por ellos. Pero todos sabían lo que era más que evidente: no money, no way. Y los diseñadores los primeros.

 

Por mucho Projecte Bressol (caramelo envenenado con business plans deficientes patrocinado por la Generalitat) y mucho premio 080 Barcelona Fashion no iban a ir muy lejos sin un inversor y un buen gestor. No hay que ser la bruja Lola para verlo venir. Sólo aplicar una mica de seny català.

 

Así les fue la aventura. Y me apena porque al menos ellos eran conscientes de la importancia de crear marca desde el principio, y la cuidaron. Pero el producto -muy bueno en su factura- estaba posicionado muy alto, y, con sus recursos, no pudieron resistir más de cinco colecciones. Una lástima, la crónica de una muerte anunciada más.

 

Y no es que carecieran de talento. No, qué va, pero no el suficiente. Hoy no basta con tener un buen producto, que se presupone. Pero NO BASTA, sobre todo si, además, ese producto no se diferencia del de su competencia, bien por estilo, distribución o… comunicación. Es decir, si no se crea un marca con identidad desde el principio. Hasta ahí, bien. Los Cardona Bonache cumplieron, y no sirvió.

 

Este mundo es muy duro, y tener un producto de calidad y crear una marca no es suficiente si no te respalda un buen business plan y… un inversor o dinero, que viene a ser lo mismo. No money, no way. Y con el inversor debe llegar el buen gestor. Es así de simple y así de complicado, porque es el eterno problema de la moda española: el divorcio entre creativos e industriales.

 

La moda en este país ha sido un negocio para niños bien con dinero, que, a pesar de tenerlo, tampoco han salido demasiado bien parados (Amaya Arzuaga, Carmen March, Joaquín Trias, entre otros). Otros, como DavidDelfín, que encontró el filón en su pareja, muerto el amor, se acabó el negocio… porque muy rentable no era, claro. Otras parejas de la moda también rompieron (Saint Laurent-Bergé, Dolce & Gabbana), pero siguieron con el business, que una cosa no quita la otra si hay rentabilidad de por medio. Me pregunto cuántos planes de negocio de estos creativos resistirían el análisis de un business angel.

 

Con este panorama y las escuelas de diseño animando a sus alumnos a que vean el desfile como la única herramienta de acceso al mercado, mientras siguen formándolos únicamente para diseñar (salvo honrosas excepciones), el joven creador sale muy mal preparado para el mundo real, sobre todo si no tiene recursos económicos.

 

Y si además las instituciones públicas maleducan con proyectos concebidos sólo para salvar la cara política del asunto, pero no fomentar la competitividad y la vía de negocio… ¿qué pretendemos? Y hablo tanto de Catalunya como de España. Seguimos viviendo en la luna de Valencia.

 

Hoy, cuando las jóvenes generaciones tienen a su alcance herramientas impensables tan sólo una década atrás; cuando Internet ofrece un ámbito con infinitas posibilidades; cuando la comunicación está a tan sólo un click; cuando, si quieres, encuentras una buena formación… sigue fallando el entendimiento con la parte más importante, la industria, porque está escarmentada del pasado y, lo más importante, porque los diseñadores no se acercan a ella con una real visión de negocio.

 

De entrada, gestionar el talento creativo no es tarea fácil, porque un diseñador siempre tiende a carecer de autocrítica frente al mercado, que es el que manda. El ego creativo hizo mucho daño a la industria de la moda en los Ochenta, y ésta todavía está resentida. Y se lo sigue haciendo a multitud de creadores, jóvenes y no tan jóvenes.

 

Señores, seamos serios y profesionales de una vez. Basta ya de generar falsas expectativas desde las instituciones públicas a las jóvenes generaciones de diseñadores; dejemos de pensar que el talento es sólo saber crear, talento es también cómo saber vender hoy, cuando la moda está saturada; y talento es también saber reconocer este talento que tenemos en cantera, pulirlo y hacerlo rentable. Porque, de otra manera, lo que ocurre es que lo estamos perdiendo (jóvenes que estudian fuera y ya no vuelven) o echando a perder por no acceder a recursos. Conozco más de un caso.

 

Creo que a la formación lo queda mucho camino por recorrer en el mundo de la moda en este país. Hasta que no tengamos una escuela de referencia a nivel internacional, la cosa está difícil porque hay centros privados que contemplan al alumnado como mero negocio, descuidando la calidad de sus programas y profesores. Así que una escuela pública potente y bien gestionada sería de desear. Pero, políticamente, como eso no es rentable, dudo que la veamos algún día.

 

Creo que a muchos diseñadores les sobra ego y les falta conocimiento de la realidad del mercado. Si no hay aportación estilística original, debe haber conocimiento exhaustivo del público potencial real, de la competencia, y saber jugar con una identidad propia no prestada. Y saber que, para bien o para mal, un diseñador solo no va a ninguna parte. Es sólo el 50% de una empresa que, sin la otra parte no irá muy lejos.

 

Y creo que la industria debería saber rescatar el talento existente, que lo hay. Pero tampoco exageremos: no nace un Balenciaga con cada promoción. Y el sector debe ayudarse captando este talento para posicionarse, porque de lo contrario asistiremos -asistimos ya- a la lenta muerte de un ámbito en el que Catalunya fue pionera en este país.

 

En este momento más que nunca el mundo del diseño de moda necesita de la industria, y la industria necesita del talento joven para renovarse. Pero necesita de marcas con una identidad fuerte, con un producto que responsa a las expectativas del mercado y con ambición internacional. Una labor colectiva: ¿a qué esperamos?

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