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24 Nov 201717:38

Raf Simons o el nuevo espectáculo de Dior

Raf Simons o el nuevo espectáculo de Dior

Habemus papam en Dior y se llama Raf Simons. La fumata blanca ha tardado más de un año, después de haberse barajado nombres tan dispares como Marc Jacobs o Alber Elbaz.

 

El proceder de la maison Dior durante el affaire Galliano me pareció deplorable y así lo escribí en su momento, pero tampoco me sorprende, ya que no era la primera vez que Dior deja que sus creativos se hundan solos: en 1960 hizo lo mismo con Saint Laurent, deshaciéndose de él tras la colección de look beat de 1959, cuando el cuero negro y los cuellos altos llegaron por primera vez a la alta costura. El WWD no dudó en defenestrar al Principito y Marcel Boussac, el entonces propietario de Dior, furioso, dio el golpe de gracia.

 

La excusa entonces fue el eternamente aplazado servicio militar de Saint Laurent, y el sucesor fue el políticamente correcto Marc Bohan. Pero el implacable modus operandi de la maison se repetiría 29 años después, cuando Bohan fue despedido (se rumorea que se enteró por los periódicos).

 

El maquiavelismo de Boussac fue reemplazado por el de Bernard Arnault, quien había comprado simbólicamente la marca en diciembre de 1984 por un franco, y que se convertiría en la favorita de su holding, el todopoderoso LVMH, llegando a decir que es la marca perfecta, unión de las palabras dios y oro, parafraseando a Cocteau. Todo un storytelling digno de análisis…

 

Cuando John Galliano llegó a Dior tras la finalización del contrato de Gianfranco Ferré en 1997, avalado por la factotum Anna Wintour, empezó una nueva era que marcaría la maison reinventado su estilo espoleada por la rivalidad entre LVMH y PPR, desatada por el caso Gucci y avivada por la compra de Saint Laurent. Arnault no soportó que ambas se le escaparan de las manos.

 

En esta guerra entre holdings una de las consignas era salir en prensa más que el adversario. Y así nació en 2000 el lesbian chic publicitario de Dior, en respuesta al transgresor porno chic de Ford. Épica época la de Galliano, con desfiles de escenografías dignas del mejor Hollywood y colecciones escandalosas como la dedicada a los clochards.

 

Este nivel de extravagancia acabaría (¿curiosamente?) después de que Tom Ford se viese obligado a dejar Saint Laurent en 2004, por no haber sabido rentabilizarla, y, de paso, también Gucci.

 

El principio del fin de la era Galliano en Dior se iniciaría entonces. Pero, a estas alturas, nadie pone en duda su excéntrica creatividad para Dior, que sirvió para que la marca facturara sobre todo en bolsos, perfumes y gafas, alentada por Toledano y Arnault. Y está claro que fue una etapa de la marca, que hace más de un año finalizó para siempre jamás con el fulminante despido (oliendo a poca casualidad) del diseñador.

 

Galliano ha marcado una época en Dior, sí, pero como Ford la marcó en Gucci y Lagerfeld ha hecho en Chanel. Todos han sabido hacer rentables sus marcas, objetivo principal de todo director artístico. El cómo es mediante los desfiles, pero el qué no es la ropa precisamente, argumento de venta muy secundario frente a todo it bags, calzado, perfumes, cosmética y licencias varias.

 

Con estos preceptos claros, vayamos a Simons, un diseñador belga con una intachable trayectoria propia y en Jil Sander, con un estricto estilo, que acaba de aterrizar en Dior, una marca con el estigma del espectáculo desde su fundación, ya que nació vinculada a una mujer que posa exhibiendo su cuerpo.

 

Es decir, la mujer Dior ha sido, desde el principio, una mujer espectacular (me remito a la R.A.E.) y ahora está por ver cómo Simons interpreta esta visión propia de la identidad de la marca. Una mujer ofrecida a la mirada del hombre y a su deseo. Vamos, pura tradición judeocristiana. Pura mujer objeto. Pura rentabilidad.

 

Ese es el desafío para el belga Simons, salido de una tradición calvinista que entiende las cosas de un modo muy diferente en cuanto a la visión de la moda femenina. Sólo hay que ver sus propias colecciones, o las que hizo para la alemana Sander. Ahora va a tener que desplegar su talento de verdad. Va a tener que convencer con sus colecciones para Dior y va a tener que hacer rentable la marca. Sí o sí, porque la piedad en moda no existe, y los tiempos son muy rápidos.

 

Pero démosle una oportunidad. Si Margiela pudo ser un impecable director artístico en Hermès, ¿por qué no Simons en Dior?

 

Ahora, cuando parece ser que la pesadilla Dior ha terminado, me pregunto… ¿qué estará pasando por la cabeza de Bill Gaytten? Y ¿volveremos a saber de él?

 

Los cuentos de la moda casi nunca tienen un final feliz.

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