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23 May 202221:44

Moda y arte: una relación de mutuo interés

Moda y arte: una relación de mutuo interés

 

 

Recientemente he tenido la ocasión de viajar a París con estudiantes y lo que vi allí, me anima a escribir este texto con la intención de ahondar en los vínculos actuales entre arte y moda. Hablar de las relaciones entre estos dos grandes pilares económicos y culturales de la sociedad parece un lugar común, pero quiero comentar con vosotros, lectores, algunos de los pensamientos que me han estado rondando desde entonces.

 

La visita a las maravillosas salas y exposiciones del “nuevo” Museo Galliera bajo la dirección de Miren Arzalluz, pasear por el sorprendente edificio de la Fundación Louis Vuitton en el misterioso bosque de Boulogne, apreciar las creaciones de un diseñador transgresor como Thierry Mugler el Museo del Artes Decorativas y descubrir la Colección Pinault de arte contemporáneo en el corazón del barrio Les Halles hace pensar a cualquiera, y más a los que nos dedicamos a hacerlo sobre las marcas de moda.  

 

Me explico: en el libro “Enriquecimiento, una crítica de la mercancía” de Luc Boltanski y Arnaud Esquerre se desgranan toda una serie de ideas que han despertado en mí el interés por indagar el porqué de las nuevas dinámicas del capitalismo contemporáneo, tras la desaparición de la industrialización en los países de Europa Occidental en el último cuarto del siglo XX, y la transformación de las formas de creación de riqueza. Para los autores del volumen con tapas doradas, al perder la posibilidad de generar riqueza en la producción de nuevos objetos, nuestras sociedades han evolucionado hacia una “revalorización del pasado” centrado en un respeto y una admiración inusitados hacia las obras de arte, el coleccionismo y la acumulación de objetos con la intención final de enriquecer su herencia con relatos casi mitológicos.

 

 

 

 

Cuando las marcas de moda y lujo se acercan a artistas y museos, lo de menos es la historia real que subyace en el recorrido del artista, el artesano o la empresa que dio origen a lo que se archiva y expone: lo de “más”, es el nuevo vínculo que esa historia establece con las marcas de moda y su intención de alcanzar prestigio, gracias a una de las instituciones culturales más valoradas por la sociedad: el arte.

 

Por eso, me interesa resaltar que el interés de la moda hacia el arte va mucho más allá de ser una fuente lógica de inspiración ampliamente documentada con ejemplos cautivadores. Como cualquier otro proceso creativo, el diseñador de moda trabaja con formas, colores, texturas, volumen, que coinciden completamente con algunas de las dimensiones del arte. Pero detrás de esas formas, habitualmente hay una idea, un concepto que se inspira en un aspecto cultural: un artista plástico, una tendencia musical, un determinado sentimiento, una década en su dimensión concreta o en un sentido más abstracto.

 

Es ya casi una exigencia que los directores creativos indiquen los artistas (poetas, pintores, escultores, arquitectos, músicos…), culturas o fuentes de las que han bebido para sus nuevas colecciones. La creación de “revivals”, re-ediciones, nuevas versiones, homenajes, memorias, odas a personajes, libros o películas o movimientos culturales del pasado, es un buen índice del interés por recordar y custodiar esa memoria del pasado, a modo de los replicantes de Blade Runner, pero en este caso, no exento de claros intereses comerciales.

 

En una conferencia dictada hace poco por el profesor de la UAM Fernando Castro Flórez se abunda precisamente en el actual interés de las marcas de moda y lujo por la “patrimonialización para dotar de valor a elementos, objetos, signos del pasado a través de dinámicas del enriquecimiento de la riqueza”, es decir, aportando un nuevo valor muy superior al que ya poseían esos objetos por sí mismos (en virtud de su función y la calidad de sus componentes). Aunque ese siempre ha sido el principio del coleccionismo, en la actualidad se dan paradojas como la de ver obras de arte de artistas que han creado en la marginalidad, expuestas de manera triunfal en las paredes de las grandes fundaciones del lujo como la Fundación Prada o la Colección Pinault.

 

 

 

 

O fenómenos sorprendentes como la acumulación de zapatillas de deporte adquiridas a precios astronómicos: un objeto funcional y absolutamente práctico atrae una atención inusitada y es convertido por su dueño en una pieza singular que despierta admiración entre sus pares y que, con el paso del tiempo, adquiere un valor superior. No es la primera vez que, en conversaciones con amigas, sale la idea comprar un bolso de lujo más como una inversión que como una pieza de moda, para poder ser vendido de nuevo en caso de necesidad, revalorizado en el mercado vintage.

 

Al entender el pasado como una mercancía con la que se puede comerciar, se activan todas las dinámicas propias del marketing, para sacar el máximo partido y rentabilidad a esa nueva y boyante fuente de ingresos. El pasado (en forma de arte) se convierte en un producto y se empaqueta, ofreciendo experiencias satisfactorias, aunque efímeras, por su brevedad y la escasa contemplación que permite una visita de una hora y media a un museo repleto de turistas. En la reciente visita a París, comprobé como bastantes estudiantes universitarios de moda, daban por concluida su visita a la exposición antológica de Thierry Mugler en veinte minutos escasos.

 

Si además tenemos en cuenta el interés que los Estados prestan en la actualidad al fortalecimiento de las inversiones en la marca origen (pongamos el Made in Spain), resulta comprensible que las grandes urbes se promocionen como destino turístico y para ello se construyan ofertas que mezclan la gastronomía, la oferta cultural, los espectáculos y, por supuesto, la moda. Dentro de esos “paquetes” pensados para distintos tipos de turista-consumidor el contenido cultural se alimenta de tradiciones, pasado, herencia, arte: es decir patrimonio.

 

La moda forma parte indisoluble de ese envoltorio y sin lugar a dudas conviene seguir enriqueciendo el relato de que arte y moda gozan de un mismo denominador común.  siguiendo con los recuerdos frescos que traigo de París, no hay tienda de marca de lujo que no contenga al menos una gran obra de arte en su escaparate o el interior de su tienda. Hasta tal punto llega la hibridación del mensaje de moda, con el del arte, que también los showrooms y ateliers de muchas marcas se han convertido en lugar de encuentro de los jóvenes cachorros de cualquiera de esos ámbitos creativos. Sirva de ejemplo que, en el citado viaje a París, aprovechamos para entrevistar a Diane Pernet, creadora y CEO de A Shaded View On Fashion (primer festival de Fashion Films del mundo), en 3537 showroom y espacio expositivo de Commes Des Garçons París.

 

 

 

 

Aunque la sociedad está todavía lejos de considerar lo que sucede en la Mercedes Benz Fashion Week Madrid, la feria de arte contemporáneo ARCO o la exhibición anual de decoración Casadecor, como un mismo fenómeno a diferencia de lo que sucede en Francia o Italia,  la relación cada vez más frecuente y deliberada entre el arte y la moda no deja de ser una de las dinámicas de sustitución del ansia natural a la trascendencia que tenemos las personas, y que con anterioridad a la posmodernidad satisfacía la creencia en Dios. En la actualidad la contemplación de la belleza y las formas del arte y, como una extensión suya la moda, siguen teniendo como fin saciar esa dimensión que forma parte de lo más íntimo del ser humano.

 

No deja de ser curioso que objetos de lujo como bolsos, zapatos o cualquier prenda de ropa, sean considerados obras de arte y se realicen exposiciones incluso de colecciones actuales como es el caso de la colección 50 aniversario de Alta Costura de Balenciaga en Shanghái en 2021. Al introducir la moda en el Museo, se apropia del aura que rodea al arte: participa de su discurso y lo legitima. Esa, de hecho, fue la gran pretensión de Virgil Abloh, que logró culminar en el año 2019 con la exposición "Figures of Speech" en el Museo de Chicago, ciudad que le vio crecer.

 

A mi modo de ver, las dos grandes hazañas de la moda en lo que llevamos de siglo XXI han sido la re-conquista del audiovisual gracias a las plataformas de intercambio de video, y entrar por la puerta grande en los Museos de las grandes capitales del mundo: su mensaje está definitivamente consolidado al entrar de lleno en la narrativa de la distinción social a través del lenguaje del arte.

 

En definitiva, se trata de observar con atención los acercamientos cada vez menos tímidos que la industria del lujo hace a las clases medias, al haberlas convertido en su gran objetivo desde finales del pasado siglo XX. El lujo nunca ha sido más rentable que hoy en día y el interés que despiertan las marcas de moda con herencia entre las personas es también muy relevante.

 

Nuestra decadente sociedad idolatra la moda, pero necesita que sea el arte quien le confirme que está haciendo bien en esa pretensión ya que, de otra manera, alguien podría llegar a darse cuenta de que es un sustituto engañoso: como dirá Dostoievski en “El Idiota”, la belleza, salvará el mundo.

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