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14 Nov 201922:38

‘Deal, no deal’: la quinta mayor potencia mundial busca un futuro ‘post Brexit’

Reino Unido, la segunda economía de la Unión Europea, abandona a su principal socio comercial.

30 Sep 2019 — 04:46
Iria P. Gestal
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Deal no Deal

 

 

Uno de los matrimonios más prósperos del planeta se divorcia y toca hacer cuentas. Pero no será fácil. De un lado, Reino Unido, la quinta mayor potencia del mundo, que rompe con el socio al que destina el 46% de sus exportaciones. Del otro, la Unión Europea, rota por primera vez y huérfana de su segundo mayor contribuidor. Nunca antes la globalización ha dado un paso atrás tan decidido y tan trascendente sin haber una guerra de por medio y su impacto, todavía incierto, amenaza con llegar a todo el globo.

 

Reino Unido es una de las pocas potencias mundiales que lleva dos siglos en el ránking global. Ya en 1820, el país era la tercera mayor economía del mundo, y en el siglo XIX la revolución industrial la reivindicó como una de las más dinámicas del planeta.

 

 

 

 

 

En 2000, perdió el bronce ante el avance de las economías emergentes, pero hoy continúa ostentando el quinto puesto, con un Producto Interior Bruto (PIB) de 2,62 billones de dólares. Su PIB per cápita, por su parte, es el vigésimo tercero mayor del mundo, con 39.735 dólares. El país alberga, además, la City, en Londres, el principal polo financiero del mundo junto con Wall Street.

 

Reino Unido es una economía desarrollada y el 75% de su PIB procede del sector servicios. Los sectores más importantes del país son el comercio, el transporte y la hostelería y la restauración, con un peso del 17,9%. Le siguen la administración pública, la defensa, la educación, la sanidad y los servicios sociales, con un 17,5% y la industria, con un 14,1%.

 

El país no fue miembro de la Unión Europea (entonces Comunidad Europea) hasta 1973, en el marco de la primera ampliación del mercado común, cuando se adhirieron también Irlanda y Dinamarca. La pareja siempre fue más de conveniencia que de amor por el proyecto común: de hecho, ya en 1975 los británicos acudieron a las urnas en un primer referéndum sobre el Brexit que, en aquella ocasión, salió favorable a la permanencia. Reino Unido tampoco entró nunca en el euro, lo que le permitió mantener cierta independencia financiera y, sobre todo, en la regulación monetaria.

 

Sin embargo, en estos más de cuarenta años de matrimonio, la dependencia de ambos mercados se ha incrementado, especialmente en lo que se refiere a comercio exterior. El mercado intracomunitario es el principal destino de las exportaciones de Reino Unido, copando un total el 47%.

 

 

 

 

 

La dependencia es mayor en las importaciones: el 53% de las compras de Reino Unido al extranjero procede de Estados miembro de la Unión Europa, siendo Alemania su mayor proveedor, con un 14% del total.

 

Sin embargo, el país ha reforzado también su alianza con otro mercado próximo culturalmente, Estados Unidos. De hecho, la mayor potencia mundial es el primer cliente exterior del país, con un 13% de las exportaciones, frente al 10% de Alemania, y el segundo proveedor, con un 10%.

 

La Unión Europea pierde, además, a su segundo mayor contribuidor neto, es decir, que Reino Unido aporta más al mercado común de lo que recibe, con un déficit de 4.249 millones de euros en 2017, según los últimos datos disponibles.

 

En términos per cápita, el país ocupa la quinta posición, con una aportación neta por persona de 112,85 euros. En total, Reino Unido aportó 10.575 millones de euros al presupuesto de la Unión Europea en 2017, y recibió a cambio 6.326 millones.

 

 

 

Los ‘unknown unknowns’: y ahora, ¿qué?

Desde que se anunció el resultado del referéndum, son muchos los informes que, de uno y otro lado, se han elaborado sobre cuál será el escenario post Brexit. La mayoría coinciden en que Reino Unido será el más perjudicado de la ruptura, junto con la vecina Irlanda, pero todavía son muchos los unknown unknowns, factores que, por lo inédito del escenario, ni se plantean ahora mismo.

 

En cualquier caso, todo dependerá de si el Gobierno de Boris Johnson logra llegar, antes de que venza la próxima fecha límite, a un acuerdo con la Unión Europea para abandonarla de forma ordenada.

 

Esta incertidumbre ante un hecho tan decisivo ha comenzado ya a impactar en la economía del país. El PIB de Reino Unido se contrajo inesperadamente en el segundo trimestre del año, con una caída del 0,2%, en lo que supuso el primer descenso desde 2012. También los inversores han tomado posiciones: 275 firmas de la City han trasladado sus sedes sociales o abierto nuevas sedes fuera de Reino Unido, siendo Dublín la alternativa más frecuente.

 

 

 

 

De producirse una salida ordenada y una transición gradual hacia el nuevo escenario, los pronósticos no son demasiado pesimistas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) contempla que, en esta situación, la economía británica crecerá un 1,3% este año y otro 1,4% en 2020, frente al 1,4% de 2018.

 

De hecho, análisis de consultoras como Kpmg consideran que un acuerdo podría suponer un revulsivo inmediato a la economía británica, al despejarse las dudas que están motivando su enfriamiento.

 

 

 

En este sentido, Kpmg prevé un crecimiento del 1,5% en 2020, aunque apunta que “la ralentización global y las limitadas capacidades de reservas domésticas supondrán un freno para el país”.

 

Pero, ¿qué ocurre si no hay acuerdo? En ese caso, Reino Unido podría entrar en una recesión tan pronto como este año. Según la Office for Budget Responsibility (OBR), un organismo independiente vinculado al Gobierno del país, esta crisis podría ser similar a la vivida en la década de los noventa, pero no tan grave como la de 2009.

 

 

 

 

La recesión técnica se registraría en el último trimestre de este año y, para 2020, la caída sería ya del 2%, según las estimaciones elaboradas por el organismo el pasado julio. El paro, por su parte, se situaría por encima del 5%, frente al 3,8% actual.

 

La OBR asume también que el Banco de Inglaterra recortará los tipos de interés hasta el 0,2% para finales de 2020 para estimular la economía y que la libra se desplomaría inmediatamente un 10%. Ese fue exactamente el descenso que registró la moneda británica tras el referéndum sobre el Brexit, celebrado el 24 de junio de 2016.

 

La incertidumbre ante este hipotético escenario es tal que el Tesoro de Reino Unido ha desarrollado su propia operación secreta para planificar las contingencias civiles. Este plan, denominado Operación Yellowhammer, aborda cómo reaccionar si se interrumpieran, por una duración desconocida, transferencias financieras, movimiento de personas, comercio, aduanas o otras regulaciones.

 

 

Los informes coinciden en que los sectores más impactados serán el automóvil, el farmacéutico, la alimentación proveniente de la agricultura y la industria química. En todos los casos, se trata de sectores muy vinculados al comercio exterior, el mayor desafío al que se enfrenta el país post Brexit, haya o no haya acuerdo.

 

La Operación Yellowhammer es sólo uno de los tres escenarios en estudio, junto con operativo Kingfisher, que incluye un paquete de apoyo para empresas británicas en dificultades, y Black Swan, un escenario catalogado como desastre, según The Sunday Times.

 

La salida de la Unión Europea se produce en un contexto de creciente proteccionismo, por lo que es poco probable que se firmen a toda velocidad tratados bilaterales de libre comercio con las mayores potencias.

 

Con todo, ya se han tendido las primeras manos. En el marco de la reunión de los líderes del G7 el pasado agosto, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, prometió un gran tratado comercial con Reino Unido después de que abandone la Unión Europea. Su homólogo británico, Boris Johnson, advirtió que Estados Unidos sería un duro negociador y que él no apresuraría las conversaciones. 

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