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24 Nov 201723:13

Barcelona a través del espejo de la moda

Barcelona a través del espejo de la moda

Barcelona y moda son dos conceptos que, juntos, no acaban de encajar. Barcelona es una ciudad que está de moda (no hay nada más que ver el flujo de turistas), pero no es una ciudad de moda: aquí la moda sólo se la toman en serio las grandes marcas internacionales, que han colonizado la ciudad.

 

En Barcelona, como en una de las aventuras de la Alicia de Lewis Carroll, vivimos en una permanente inversión de la realidad en lo que respecta a la moda. La ciudad rebosa de tiendas de moda, pero eso no significa que la moda forme parte del tejido propio de la ciudad, ya que muy pocas de estas tiendas son de cosecha propia. La ciudad tiene a gala ser el centro de los diseñadores emergentes… que nunca acaban de emerger. La ciudad pretende tener una pasarela internacional, cuando la realidad es que en el panorama internacional de la moda Barcelona no cuenta para nada como referente.

 

Y, sin embargo, hubo un tiempo en que Barcelona fue pionera de la moda española, introduciendo la alta costura de la mano de Pedro Rodríguez, afincado en la ciudad desde 1900. Por no hablar de Santa Eulalia, El Dique Flotante, Asunción Bastida o Carmen Mir. Pero hoy… ¿quién los recuerda? ¿Dónde está su legado?

 

Barcelona conserva todavía a Manuel Pertegaz, pero su savoir-faire se irá con él, ya que no quiere sucesor. Craso error. Aunque Pertegaz sólo pueda existir uno, la marca es lo suficientemente rica en historia para seguir viviendo en el tiempo, y es una pena desaprovechar esa herencia. Balenciaga tampoco planeó su sucesión y casi muere como marca: fueron necesarias casi tres décadas y un creador como Nicolas Ghesquière para recuperar el esplendor, rentabilizado gracias a los complementos y al hecho de pertenecer a un gran holding del lujo. Porque una cosa es cierta: la moda, hoy, es, más que nunca, una cuestión de negocio. Y si bien pusimos una pica en Flandes con Josep Font, que en enero de 2008 desfiló en la semana de la Alta Costura de París como invitado de la Fédération Française de la Couture, el sueño se desvaneció ya el año pasado.

 

Desde el fenómeno de Tuset Street de finales de los sesenta, Barcelona ha hecho muchas cosas respecto a la moda, es cierto, casi todas financiadas con el erario público, pero muy pocas guiadas por el seny catalán. Y, en la actualidad, vive en un permanente espejismo: ninguna de las iniciativas (siempre de la mano de instituciones públicas) han servido para posicionarnos en el panorama internacional de la moda, que es lo que se pretendía.

 

Barcelona es la ciudad de España con más escuelas de diseño de moda, y es cierto que hay talento entre los jóvenes diseñadores. Pero no basta ser un diseñador con talento, hay que ser también un gestor con talento. Y si no que se lo pregunten a Custo, cuyo éxito fue flor de un día y ahora está pagando las consecuencias: la marca sólo es creíble como souvenir de la ciudad para guiris. Está claro que no todos pueden ser émulos de Chanel o Armani, fusión de creador y gestor en una sola persona, por lo tanto es condición sine qua non que un diseñador sepa que ha de delegar la gestión de su empresa en un gestor competente. El problema es que, aquí, casi siempre han hablado lenguajes distintos.

 

Y, antes, claro, hay que tener dinero y un buen business plan para encarar el negocio. Algo que, todavía hoy, es la gran asignatura pendiente de casi todos los diseñadores que sueñan con tener una marca propia. No money, no way.

 

The Brandery se ha convertido, efectivamente, en un post fashion circus, como pretendía en su primera edición. Como no genera negocio profesional, hagamos de ello una fiesta para el público en general, que, además, es quién paga el evento, financiado con dinero público. El Ayuntamiento es así de generoso

 

El 080 Barcelona Fashion se ha convertido en un despropósito tal, que se me hace dificil no ser dura con la organización aprofesinoal, por política, del evento. Ni tienen idea de lo que es una pasarela de moda, ni para qué sirve, ni criterio para hacer el proyecto coherente. Mango y Desigual encantados de tener clipping gratis a cambio del sinsentido de desfilar; la mayoría de diseñadores emergentes sin ser siquiera una empresa (y, por lo tanto, incapaces de hacer frente a ningún pedido comercial, que, avanzo, dudo que llegue: nunca se concretan al final, nunca hay negocio); empresas de calcetines, jerseys, pañuelos y pijamas desfilando… Ni en los mejores sueños de Buñuel. Y todo ello pagado con dinero público también, esta vez gracias a la prodigalidad de la Generalitat. Un dinero directamente tirado a la basura. Los políticos siempre tan acertados, y con los tiempos que corren. ¿Dónde quedó el seny catalán?

 

La realidad de la moda en Barcelona es un autoengaño. Se engañan las instituciones públicas, los diseñadores y los medios de comunicación. Fabrican una realidad que sólo sirve para complacer a algunos y salir en la foto todos. Porque de eso se trata para la gran mayoría: conseguir desfilar una y otra vez sin que sirva más que para curarse el ego, eso sí, a cargo de todos los contribuyentes. El mal de la moda en este país se llama política, y mientras sea ella la que lleve las riendas, mal parada irá la moda. Pero también es verdad que la culpa no es suya, sino de la incultura supina que tenemos en este país.

 

Estamos a años luz de Italia, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos o, incluso, Bélgica, que han hecho de la moda una parte importante de su PIB y de su patrimonio cultural. Aquí no sólo desconocemos nuestro patrimonio, sino que el negocio sólo lo genera Inditex, Mango, Desigual, algunas marcas de calzado y poco más. Ésa es la realidad del mercado, que es quien siempre manda en esto de la moda. Y el mercado dice que al año cada vez gastamos menos en moda: menos de 500 euros al año. Un capital que da para mucho en Zara & Co. y muy poco en otros lados.

 

Aquí siempre viviendo al otro lado del espejo… Lo de Alicia fue una aventura, pero lo de Barcelona es toda una historia que, de momento, no tiene punto final.

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