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19 Sep 202021:09

Del Rastro a Wallapop o cómo la nueva economía catapultó la ropa de segunda mano

Este fenómeno entronca con el carsharing, el coliving o el coworking, nuevos conceptos que se apoyan en la Red para dar escala a micro intercambios que antes se resolvían entre familiares, amigos y conocidos.

16 Sep 2019 — 04:49
S. Riera
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Del Rastro a Wallapop o cómo la nueva economía catapultó la ropa de segunda mano

 

 

Sophia compró en una tienda del Ejército de Salvación una chaqueta Chanel por ocho dólares y la vendió por mil en eBay. Así arrancó el imperio Nasty Gal una joven de veinte años llamada Sophia Amoruso, que llegó a ser una de las multimillonarias más jóvenes en Estados Unidos comprando ropa de segunda mano y revendiéndola más tarde en eBay. La emprendedora no hizo otra cosa que apoyarse en Internet para dar escala al negocio de un puestecillo de cualquier rastro.

 

El Rastro en un mercado al aire libre con cuatro siglos de historia que se celebra domingos y festivos en el popular barrio de La Latina, en Madrid. Todas las ciudades cuentan con su particular rastro. En Barcelona, els Encants; Londres tiene algunos de los más emblemáticos, como Camden o Portobello; París, el popular Mercado de las Pulgas, y Nueva York, numerosos flea markets. La irrupción de la Red en este subsector lo despojó de sus límites físicos y locales para darle una magnitud global.

 

La sofisticación del comercio minorista con estructuras de cadenas de tiendas ya arrojó en su día fenómenos como el de la empresa australiana Cash Converters. Pero Internet ha dado gasolina a este negocio, permitiendo que un ciudadano de cualquier población remota del planeta pueda comprar o vender desde una lavadora hasta un coche y, por qué no, una blusa, unos vaqueros o un bolso. Cash Converters pasó de facturar 23,3 millones de dólares australianos en 2004, cuando ya tenía más de 500 tiendas en todo el mundo (ochenta de ellas en España), a 260,3 millones de dólares australianos en 2018.

 

La segunda mano tiene todos los ingredientes de la nueva economía: tiene Internet en el centro del negocio; se centra en los datos antes que en el producto; tiene magnitud global y elimina las fricciones propias del mundo físico. Y la moda es uno de los puntales de su desarrollo: ha sido en los mercadillos tradicionales de segunda mano y lo es ahora en su versión sofisticada y global en la web.

 

De este modo, la ropa, el calzado y los complementos, junto con la categoría de deporte, tienen un lugar destacado en marketplaces de segunda mano generalistas como eBay o Wallapop. También ha sido de los pocos sectores que se ha aventurado a tener sus propios actores, desde TreadUp o RealReal en Estados Unidos a Chicfy en España.

 

La relojería, por ejemplo, es el único segmento donde el mercado de la segunda mano supera ya al convencional, con la irrupción de una nueva generación de consumidores que buscan modelos exclusivos, series raras o piezas descatalogadas. El gigante helvético del lujo Richemont, propietario de firmas como Cartier o VanCleff&Arpels, compró en junio de 2018 el ecommerce de segunda mano Watchfinder para no dejar perder este negocio.

 

Tampoco es nuevo el negocio de la compraventa de piezas vintage del lujo. Hasta ahora, muy pocos conocían las tiendas en las que poder dar con un vestido Courrèges, una gabardina Thierry Mugler o un Gaucho de Dior de la etapa con John Galliano. Algunas de ellas eran Emmanuelle en Madrid, Le Swing en Barcelona, Gabrielle Gepert en París o Rellik en Londres.

 

Todas ellas formaban un grupo reducido de establecimientos sólo conocidos entre conocedores de la moda, el equivalente en decoración a la compraventa de piezas históricas. Con la irrupción de plataformas como RealReal o Vestiarie Collective se desveló el tamaño real de este negocio, que durante décadas parecía reservado a unos pocos.

 

 

 

 

También el alquiler se enmarca en esta fórmula. Antes de la llegada de Internet, era habitual alquilar un piso o un coche, pero pocas prendas más allá del traje de boda o un frac para ceremonias. La Red imprimió aquí también escala y magnitud global, creando un mercado masivo a partir de lo que antes era suplir una necesidad puntual. En la misma órbita se sitúa el carsharing, el coliving o el coworking, nuevos conceptos que se apoyan en la Red para dar escala a micro intercambios que antes se resolvían, en la mayoría de los casos, entre familiares, amigos y conocidos.

 

La moda vuelve a estar también en la punta de lanza de este negocio, con empresas como la estadounidense Rent the Runaway. En España, uno de los fenómenos en este sentido ha sido La Más Mona, donde poder alquilar desde un vestido de Amaya Arzuaga a uno de fiesta de Pronovias.

 

El pasado agosto, el negocio del alquiler online de moda alcanzó una nueva dimensión después de que la compañía Le Tote, especializada en el alquiler de ropa por suscripción, alcanzase un acuerdo con los grandes almacenes canadienses Hudson’s Bay para comprar la cadena Lord&Taylor por cien millones de dólares.

 

En el momento de la firma, se desveló que, si bien Lord&Taylor había cerrado su flagship store de la Quinta Avenida de Nueva York junto con otras localizaciones que no le eran rentables, la marca se apoyaba aún en su popularidad y, en particular, en la de sus vestidos de fiesta, que han encontrado un nuevo filón en las plataformas de alquiler de ropa.

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