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Líder en información económica del negocio de la moda

22 Nov 201713:41

Adolfo Domínguez ‘for president’

Dice Wikipedia, la enciclopedia cooperativa que ha revolucionado la construcción del conocimiento en Internet, que Adolfo Domínguez es “un empresario negrero español, cuya marca lleva su mismo nombre”. La dura definición cambiará probablemente en próximas revisiones, como ocurre siempre con Wikipedia (la veracidad de cuyas informaciones puede ponerse en duda), para adaptarse más a la realidad de lo que es y de lo que represente Adolfo Domínguez, uno de los diseñadores y empresarios más relevantes en el negocio español de la moda.

Pese a ello, el comentario invita a la reflexión sobre la imagen pública que en los últimos meses ha dado Adolfo Domínguez Fernández a través de sus comentarios en defensa del despido libre o, como ha hecho hace tan sólo unos días, advirtiendo de que España se dirige a una bancarrota como la que hubo en Argentina en 2001. “Ahora mismo el país está en quiebra, puesto que emite deuda cada día para poder pagar a sus funcionarios”, ha señalado el empresario ante estudiantes de economía.

Con un paro de más de tres millones y medio de trabajadores y en mitad de la negociación sobre la reforma del mercado laboral, los comentarios de Domínguez traslucen lo que una gran parte de la clase empresarial opina en privado sobre el Estado del Bienestar y el sistema de protecciones sociales de que se ha dotado la economía española. Habla de "trabajadores que cogen depresiones de un año y medio, y luego las pasan de discoteca en discoteca", y de "un tipo de Seguridad Social que protege la pereza y la inoperancia".

Tomar partido en el debate político e intelectual es algo que se le agradece a todo el mundo. Ante muchas actitudes pasotas y excesivamente comedidas, es bueno que las personas asuman un compromiso cívico que les lleve a defender abiertamente sus ideas y a discrepar, si es necesario, de aquello que dictaminan los poderes públicos.

Sin embargo, también es bueno que existan portavoces oficiales del sentir empresarial, igual que existen sus equivalentes entre los trabajadores y otros miles de grupos de presión articulados en asociaciones, federaciones y otros tipos de organización. Estos instrumentos permiten crear discursos más sofisticados en que se conjuguen intereses diversos y se eviten agresiones gratuitas hacia el resto de colectivos.

Los comentarios de Adolfo Domínguez transpiran una facilidad que aborrece. Elevar a categoría la anécdota del trabajador gandul o del funcionario caradura no es el mejor punto de partida para una negociación cuyo resultado será un empeoramiento en las condiciones de protección de los dos colectivos.

Y la dureza con lo público debería ir acompañada, también, de la exigencia en lo privado. No todo es absentismo y rigidez en el mercado laboral en la economía española. Debería atacarse también a la cultura de la subvención, que tantas veces ahoga la creatividad, y superar esas posiciones empresariales en que se ensalzan un día las ventajas del capitalismo y, al siguiente, se pide al otro un paréntesis en la aplicación de sus reglas.

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