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22 Sep 201719:09

Sobre Mango, Juan Vidal y Prada

Tengo por costumbre cada mañana leer la newsletter de Modaes.es antes de levantarme, para conocer cómo van las batallas de la moda y estar preparada para la guerra si conviene. Y el viernes pasado no pude evitar exclamar en voz alta “¡Ajá! Lo sabía” al leer el titular de una noticia que vaticiné en su momento: Mango suspende ‘temporalmente’ su premio al joven talento creador. Ya. Temporalmente. Digamos que es un premio que nació muerto.

 

Para empezar, el naming era de pena. ¿Botón? Vaya cursilada. ¿Y por qué no cremallera? O entretela. O forro, por el doble sentido. Pero eso me parece un detalle frente al caramelo envenenado que tan caramente seducía a los jóvenes diseñadores, que, ya lo he escrito, viven en la inopia más total sobre la cruda realidad del mundo de la moda.

 

Pero vayamos por partes.

 

Por razones que no vienen al caso, tuve la oportunidad de conocer de primera mano cómo se gestó este premio, que no ha sido más que, desde el principio, una campaña de clipping para Mango. Aunque el montante destinado (300 000 euros) era el más alto de todos los premios internacionales dedicados a promover el talento del mundo moda, significaba un buen ROI para la marca en apariciones y menciones a nivel global. Y punto. Mango siempre ha apostado por la publicidad en todos sus formatos, y éste era uno más.

 

Y yo siempre lo he criticado desde el mundo del branding, porque la notoriedad no hace a una marca, por mucho que facture. Y aunque Mango factura, que me alegro a pesar de que no me gusten ni sus colecciones ni su retail -está claro que no soy su público-, no es oro todo lo que reluce y mis insiders de la empresa llevan tiempo informándome de cosas que no aparecen en prensa. Porque sólo aparece lo que interesa, claro.

 

El Botón nació provocado desde la Generalitat de Catalunya, cuando parecía que por fin la política entendía cómo funcionaba el mundo de la moda y quiso rehacer la pasarela de Barcelona, aunque acabara siendo más de lo mismo. Pero por una edición parecía que sería un nuevo principio. Se llamó 080 Barcelona Fashion is Everywhere y ocurrió en 2007.

 

Sé a ciencia cierta que la Generalitat del tripartito (bueno, su Conselleria correspondiente) propuso a Mango que patrocinara un premio a los jóvenes talentos, aliándose con la nueva pasarela. Y, claro, Mango dijo no. Me enterneció entonces aquel político iluso. ¿Qué se imaginaba? ¿Qué aceptaría? ¿Dónde estaba el negocio para Mango?

 

Yo también hubiera dicho que no, porque de los políticos no me fío. Y menos si meten mano a la moda. A los hechos me remito en este país. Que Madrid no se salva tampoco, pero ésa es otra de mis bestias negras y no quiero seguir por ahí.

 

Mango dijo no, pero vio la oportunidad y se la quedó para ella. Visualizó el clipping mundial si patrocinaba un premio bajo la bandera del apoyo a los jóvenes talentos. Es una empresa y el altruismo, señores, es de otro mundo. Si hubiera dicho sí, la medalla -pagada por Mango- hubiese sido compartida con el Conseller de turno, con el peligro de la incertidumbre cada cuatro años y de diluir el impacto mediático.

 

La historia la conocemos, y Mango lanzó su premio en solitario. Y me parecería digno de loar si no fuese un apoyo hipócrita, como tantas cosas en la moda. A Mango los jóvenes talentos le importan un pepino. Así lo digo.

 

Reto a cualquiera puesto en el mundo de la moda que me cite de corrido la lista de los ganadores del Botón de Mango. Su recuerdo está a la altura de la lista de los reyes godos. Y eso que sólo son 5 y no 33. Reto igualmente a que me lo diga cualquier trabajador de Mango. ¿Quién los recuerda? Y lo que es más grave: ¿a quién le importa? ¿Hicieron algo relevante en la moda después de ganarlo? Seguro que lo más relevante habrá sido enjugar deudas. Y ojalá me equivoque.

 

Mango es española y no inglesa. Esta obviedad es importante conceptualmente. No es Top Shop. Y en España tampoco tenemos un British Fashion Council. A buen conocedor de la moda sobran comentarios.

 

Estoy ya muy harta de ver cómo se juega con los jóvenes diseñadores. Hace tiempo Rafa Rodríguez tuvo la osadía de pedirme que escribiera sobre ello. Y estoy harta de que muchos de ellos no maduren y vivan en la luna de Valencia in aeternum. Llevo en la docencia de la moda desde 1993. He visto pasar por mis clases a cientos, muchos cientos (no exagero: he trabajado en casi todas las escuelas de moda de Barcelona, y hubo una época -larga- que contemporáneamente en tres de ellas. Con una media de unos 20 alumnos por clase, hagan números. ¡Ah! Y clases de mañana y tarde, claro), y el 99% de ellos han cumplido siempre el mismo patrón, que se resume a: yo soy yo y mis cositas, desfilar es lo más, y para qué aprender de los errores de otros si a mi no me va a pasar porque soy muy bueno/a. Y olvídate de que te hagan caso en clase, ellos llevan este chip implantado y ni oyen llover.

 

Ésta ha sido una de las razones por las que decidí abandonar las clases cotidianas, y dedicarme a la enseñanza postuniversitaria, porque llegué a la conclusión de que estudiar diseño de moda debería estar prohibido antes de los 25 años. Pero esta teoría mía da para otro post.

 

Otro problema a debatir es el concepto de creatividad, que se ha pervertido totalmente. Desde la gran mayoría de escuelas patrias se entiende sólo como la capacidad de que los futuros diseñadores hagan su colección de fin de carrera lo más extravagante posible. Como si fueran Prada. O Kawakubo. O lo que sea, pero que impacte, aunque sea imponible. La justificación, dicen, reside en que, cuando se inserten en le mundo laboral ya tendrán tiempo de ser ‘comerciales’.

 

Y así Juan Vidal, exalumno y, parece ser, la última promesa de joven talento español, afirma “Cuanto más creativo es el diseñador, más alejado está de la empresa”. Pues mal. Muy mal. Y ahí voy: la creatividad implica también ser creativo en la empresa. Pero claro, no es lo que les gusta a estos diseñadores nuestros de figurín y desfile.

 

 

La creatividad, hoy, debe aplicarse más en cómo comunico y vendo la colección, y hasta en cómo la produzco, que en las prendas. Porque en moda está todo inventado en cuanto a formas, y los jerséis de tres mangas como que no.

 

Pero de eso nuestros jóvenes ‘talentos’ no quieren oír ni hablar. ¡Vaya rollo! Si la industria de este país rebosara de Bergés o de Giammettis, o de Bertellis. Pero no es el caso. Si al menos fueran originales de verdad… pero casi nadie pasa un examen minucioso respecto a su ‘creatividad’. Y tampoco pasa nada, porque todos tenemos referentes en esta vida, todos. Pero una cosa es tenerlos y otra calcarlos.

 

Y conste que creo que hay talento, pero a veces se habla de él como si todos los jóvenes lo tuvieran y no. El talento es un bien escaso que hay que cuidar y educar, y en el mundo de la moda mucho más, porque ha estado muy mal educado. Si quieren una reflexión al respecto, también escribí sobre ello.

 

 

Si asociamos talento sólo a la creatividad entendida como a ser original (es decir, el origen de algo), de todos los alumnos que he tenido, sólo he conocido uno cuya creatividad era, y sigue siendo, desbordantemente original: se llama Vicente Rey y hace zapatos. Indaguen y díganme. Jamás ha copiado, pero sí ha sido copiado. Y nada menos que por Margiela y Saint Laurent, por citar sólo dos nombres. Demostrable, pero batalla perdida de antemano, a pesar de los abogados. El pez grande se come al chico cuando se carece de recursos, como es el caso.

 

Lo que me lleva a otra conclusión: en las escuelas de diseño el proyecto final debería no sólo ser una colección, sino también su plan financiero. Juan confiesa: “Hay diseñadores que, cuando salen de la escuela, apenas saben hacer una factura”. Y es cierto, y si él sabía, es porque su familia se dedicaba a la moda y sabía hacer facturas. No porque se lo enseñara la escuela. También he escrito sobre el tema.

 

Y aquí es donde más duele: si las escuelas son privadas, las escuelas son un negocio, y vender el brilli-brilli de los desfiles es más embaucador que vender un plan de negocio que lo acompañe. ¿Por qué? Porque el 99% de los futuros alumnos que se acercan a la moda lo hacen abducidos por colorín del show off que han visto en las revistas, la TV y, ahora, también en Internet.

 

Es ahí donde ven desfiles como el último de Prada, una de las reinas del feísmo en la moda, y piensan: “Si ella puede, yo también”, porque además es una marca que triunfa. Pero desconocen los entresijos, desconocen a Bertelli, desconocen la carga intelectual de Miuccia, desconocen que el negocio de Prada reside en sus licencias y no en la ropa, desconocen que Prada tiene una estrategia carísima de comunicación con sus epicenters…

 

Vamos desconocen todo, hasta el nombre de la creadora, que, además, no crea nada (Miuccia es demasiado lista para eso), sino que re-crea, que no es lo mismo, y que, para mi, tiene mucho más mérito. Y a las pruebas me remito: Prada es la que marca las tendencias fashion del nuevo milenio. La Signora que declara: “Me gusta la moda, pero creo que debería quedarse en su lugar, y no gobernar nuestras vidas. Debería ser sólo una diversión” y se atreve a salir a saludar después del desfile hecha unas pintas. Soy muy fan.

 

Volviendo a Mango: si de verdad le interesara el talento, no daría 300 000 euros de premio en metálico. Al ganador debería integrarlo al menos un año en su estructura y enseñarle lo que es la realidad de la moda, y después ayudarlo a crear su plan de negocio (realista, no como hizo la Generalitat del tripartito con el Projecte Bressol, el mayor suicidio colectivo de talentos de la historia del que ya nadie habla) y a implementarlo.

 

Y mejor lo dejo aquí, porque me estoy encendiendo demasiado, y desde que vivo en el campo me he propuesto ser zen.

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