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Líder en información económica del negocio de la moda

23 Sep 201718:25

Nadie quiere más Mandelas. En la moda tampoco.

 

 

No hay nada como morirse para que todo el mundo recuerde lo bueno que has sido. Y si quien deja este mundo es Nelson Mandela, ¡qué decir! Panegíricos bien merecidos a go-gó nos inundan estos días, junto con declaraciones de toda clase de líderes políticos. Para todos, Mandela is the best.

 

Faltaría más, porque Madiva no ha sido cualquier persona. Fue un líder carismático que buscó el bien común de su pueblo. De todo su pueblo. Perdonó a los blancos sus años de cárcel, los integró en su equipo para construir su nueva nación sudafricana, y lo hizo, entre otras maneras, utilizando el deporte como instrumento político por emocional.

 

Cuando veo a todos esos políticos ensalzándole no puedo dejar de pensar en lo hipócrita que es la sociedad burguesa en la que vivimos en el mundo avanzado. Dicen lo bueno que era, lloran su muerte, pero nadie quiere ser como él. En realidad, no les conviene. Compararse con una persona excepcional los lleva a descubrir su propia mediocridad. Debe ser que Mandela estaba hecho de otra pasta, no era humano, vaya. Y, por lo tanto, su ejemplo no aplica. Su lección de vida quedará para la historia de Sudáfrica.

 

¿Mandela era excepcional? No, Mandela era un ser de carne y hueso, no un dios. Mandela buscó lo mejor para su pueblo, integrando a blancos y negros para conseguir emocionar a una nación. Hizo lo que creía mejor, no para él, sino para su comunidad.

 

Se dice que las comparaciones siempre son odiosas. No hace falta que haga mención a la casta política que nos gobierna, porque los hechos hablan por sí solos. Además, éste no es el lugar. Solo añadiré que los políticos no siguen el ejemplo porque no quieren, ocupados como están en preservar sus derechos, sometiendo al apartheid al resto de ciudadanos. Ya somos muchos los que decimos que la crisis actual es sobre todo una crisis de valores.

 

Pues bien, ahora cambiemos el concepto “políticos” por el de “empresarios del mundo de la moda” y reconduzcamos el tema, centrándonos en este nuestro país. Al fin y al cabo, los empresarios deberían liderar su empresa y convertirla en marca. También ellos tienen una comunidad compuesta por sus blancos (supuestamente, sus clientes) y sus negros (supuestamente, sus trabajadores), viviendo ambos normalmente en sus respectivos apartheids, porque la  comunicación externa e interna suele dejar bastante que desear.

 

Me gustaría hacer la estadística de las veces que el mail de un externo se queda sin contestar. O de un comentario en las redes sociales que no recibe respuesta. Las marcas no dialogan casi nunca en las redes. O de las veces que internamente se incomunican también las cosas. Demasiadas son las veces que se hace mal.

 

Incapaces de asumir críticas, los empresarios suelen despedir a los empleados que quieren aportar mejoras, sobre todo porque les enfrenta a su propia ignorancia en según qué temas. No aprovechan el talento (joven o menos joven) que tienen a su alrededor. Más bien lo taponan o lo expulsan. Conozco el caso de dos empresas catalanas que acabaron despidiendo a empleados que se preocupaban por la marca. Naturalmente: solo quieren vender productos. ¿Qué les va a contar un empleado que ellos no sepan? El rollo del intangible no va con ellos, que son más de la “pela” aquí y ahora. Claro que así están: mal. Y estarán peor.

 

Estos responsables también deberían ser conscientes de que compartir sentimientos es la mejor manera de crear comunidad. Desde dentro, y hacia fuera. Y que la comunidad la forman aquellos que trabajan en la empresa y todo tipo de clientes que tenga, tanto los habituales como los esporádicos. Es un deber de la marca tenerlos a todos contentos por pertenecer y compartir valores. Y para eso hay que cuidar, entre otras cosas, las redes sociales.

 

A este respecto aprovecho la ocasión para comunicar a mis lectores que Santa Eulalia ha enmendado el postureo y ha cambiado de proveedor de cruasanes. Ahora son de Ochiai, una excelente pastelería barcelonesa, reconocida con el premio al mejor cruasán 2013. Si yo no hubiera escrito al respecto seguramente no hubiera dado oportunidad a la marca de mejorar en su búsqueda de la excelencia, y así me lo comunicó personalmente su presidente, D. Luis Sans, cuando me llamó para disculparse, cosa que le honra. Porque las marcas, ya lo he dicho en algún otro post, al final están dirigidas por personas, y errare humanum est.

 

Pero la excelencia es un camino, y a Santa Eulalia le hace falta mejorar no solo su estrategia de redes sociales, algo en lo que también convino el Sr. Sans, sino también los post de su blog, con textos que, en algunos casos, no están a la altura de la excelencia. Y algunas traducciones al inglés tampoco. Y eso también es importante. Porque hay personas que los leen. Yo le recomendaría revisar sus autores (de los seis que se anuncian solo hay tres que han escrito), porque personas que sepan escribir con fundamento sobre moda, tendencias y actualidad hay unas cuantas. Es importante que los contenidos y las redes sociales de una marca estén en manos de profesionales, y con eso lo digo todo.

 

La falta de excelencia en muchos ámbitos de la moda es un problema. Desde empresas que se creen marcas que no quieren salir de su mediocridad, pero quieren vender internacionalmente y creen que gastándose el dinero en publicidad es suficiente; a marcas que tienen unos valores hacia fuera que no practican desde dentro; a agencias de comunicación que son de incomunicación; o asociaciones del sector que son puro postureo.

 

A este respecto no solo entra mi querida ACME, que es la mayor del reino, sino también otras que organizan premios a jóvenes diseñadores de moda, como ANDE. Hace pocos días fui invitada a participar como jurado en una selección previa, y pude constatar como la propia presidenta se tomaba frívolamente su trabajo. Y no diré más por no perjudicar a algunos miembros del jurado.

 

Desde luego, como me dijo alguien del mundo de la moda a quien aprecio mucho, la culpa por el enfado que me agarré y la decepción que me llevé es mía. Nadie me obligaba aceptar. Ingenua que sigo siendo al pensar que las cosas pueden hacerse a lo Mandela.

 

Así que ahora que el Ministerio de Industria abre la convocatoria para la primera edición de los Premios Nacionales de la Moda propuestos por un ente denominado Mesa de la Moda España no puedo por menos que echarme a temblar.

 

Pero ingenua o no, sigo pensando que hay una manera correcta de hacer las cosas. La excelencia es un camino, una actitud, no un fin. Y cada día debemos preguntarnos si estamos en el camino haciendo las cosas bien. O mejor, que siempre se puede. Allá dónde estemos, en el puesto que nos toque. Y claro, si somos jefes hay que predicar con el ejemplo, faltaría más.

 

En SOFOCO siempre hemos querido hacer bien las cosas, y superarnos cada vez. Y a eso nos han ayudado tanto clientes como alumnos. Personalmente he aprendido mucho de ambos. Y finalmente hemos concebido una metodología para crear y bajar a la realidad el intangible de marca que es el fruto de nuestro aprendizaje y de nuestra voluntad de hacer la vida más fácil a nuestros clientes. Como profesora, mis alumnos me obligan a estar al día constantemente, así que no puedo dormirme en los laureles. Y siempre busco la manera de mejorar.

 

Pero el camino hacia la excelencia (nota mental: la excelencia no está solo relacionada con el lujo) no es fácil. Hay que recorrerlo conscientemente y con humildad. Como Mandela gobernó. Pero en España, siento ser tan cruda, la mayoría de responsables de empresas de moda dista mucho de tener esta actitud. Y, claro, qué van a pedir a sus empleados. Pasa como con los políticos. No les interesa enfrentarse a su propia mediocridad.

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