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19 Nov 201706:15

El otro Yves Saint Laurent

Estos días, y hasta finales de agosto, puede verse en el Petit Palais de París una exposición retrospectiva de Yves Saint Laurent, la primera después de su desaparición, la segunda después de la organizada por Diana Vreeland en el MOMA de Nueva York en 1983 -para celebrar sus 25 años en el mundo de la moda-, que tuvo el añadido de ser la primera vez que un creador de moda recibía en vida tal homenaje.

 

Es indiscutible que Saint Laurent ha sido uno de los creadores más influyentes en la moda de la segunda mitad del siglo XX, con una trayectoria tan excepcional como oscura. Y si bien para la posteridad ha quedado grabado el nombre de Saint Laurent como uno de los genios de la moda contemporánea -gracias, especialmente, al empeño que Pierre Bergé puso (y sigue poniendo) en ello-, la verdad es que, como todo humano, Saint Laurent tenía los pies de barro. En un mundo donde se hipervalora el éxito obtenido en la vida se tiende a esconder todo aquello que pueda dañarlo.

 

Le ocurrió a Chanel, que toda su vida se empeñó en esconder su pasado, ocultando incluso a su familia; pasó con Dior, del que pocos conocen su faceta bulímica, su exacerbada superstición y su desdicha en amores; y también es el caso de Saint Laurent, que, frente al éxito de su vida profesional, vivió una vida volcada a la autodestrucción. Genial, visionario, revolucionario, perfeccionista; pero también egoísta, irresponsable de sí mismo, adicto a las drogas y el alcohol, y maníaco-depresivo. Ídolos adorados a los que la historia ha reservado un lugar sobresaliente, pero que, de vez en cuando, merecen ser revisados más de cerca por lo que tuvieron de seres humanos.

 

El genio. Yves Mathieu-Saint-Laurent nació en Orán en 1936, y ya con 4 años aconsejaba a las mujeres de su familia sobre cómo vestirse, haciendo gala de un gusto seguro y de una gran exigencia con la imagen femenina. Más tarde, en 1974, declararía: “Soy un esteta a la búsqueda de la perfección”.

 

Su nombre vio la luz pública en 1954, cuando ganó el primer y tercer premio de la categoría ‘vestidos de noche’ del concurso del Secretariado Internacional de la Lana, escogidos entre más de 6 000 diseños anónimos. Tenía 18 años y pinta de seminarista. En ese mismo concurso, un Karl Lagerfeld de 21 años venció en la categoría ‘abrigos’. Fue el inicio de una relación que acabaría marcada por una inevitable guerra de egos.

 

Ambos coincidieron después en la École de la Chambre Syndicale de la Couture de París, donde estudiaron, aunque Saint Laurent de forma breve: aburrido a los tres meses por considerar el programa de estudios demasiado tradicional, se pasaba el día dibujando a su aire unos bocetos que presentó a Michel de Brunhoff, entonces redactor jefe del Vogue francés, que, asombrado, comprobó que eran casi idénticos a los de la próxima colección de Christian Dior, a quien se los mostró. Y Saint Laurent fue contratado como asistente de Dior.

 

Con 21 años, y debido a la inesperada muerte del maestro, lo sucedió en 1957, bajo la estupefacción general de que la casa de costura más famosa del mundo confiara en alguien tan joven y, aparentemente, inexperto. Para su primera colección Dior, Saint Laurent sorprendió con la línea Trapecio, rejuveneciendo el estilo de la maison. Pocos saben es que ese mismo año Marc Bohan, 31 años, venido de Patou, había sido contratado por si fallaba Saint Laurent. Pero el Pequeño Príncipe, como la prensa apodó a Saint Laurent, se convirtió en rey, y Bohan fue enviado a Nueva York primero y a Londres después para hacerse cargo del prêt-à-porter de Dior.

 

En julio de 1960 Saint Laurent presentó la colección Beat, inspirada en Juliette Grèco y el movimiento beatnik de Saint-Germain. Toda negra, cocodrilo y cuero, de líneas juveniles. A pesar de que fue un éxito comercial, la dirección Dior la juzgó demasiado radical y empezó a preparar el recambio, que llegó bajo la forma de servicio militar. A los 24 años, Saint Laurent es llamado a filas en septiembre, y Marcel Boussac, dueño de Dior, al revés de en ocasiones anteriores, no hizo nada para evitarlo.

 

Ese momento fue uno de los peores de la vida de Saint Laurent, a pesar de breve. Pasó de pequeño príncipe a príncipe desterrado, ya que, cuando reclamó su trabajo en Dior, ocupado entonces por Bohan, le ofrecieron diseñar el prêt-à-porter, una humillación que no aceptó. El 4 de diciembre de 1961 vio la luz la maison Saint Laurent, creada con el dinero recibido por la indemnización por incumplimiento de contrato de la casa Dior y 700 000 dólares de un inversor norteamericano. El adalid de la causa Saint Laurent fue Pierre Bergé, entonces ya su amante, y después también socio. Bergé, homosexual liberado y fascinado por los artistas, se convirtió desde entonces en el guardián protector de Saint Laurent, velando siempre, cual Pigmalión, por los intereses de la empresa y los del propio creador.

 

Como joven que vivió plenamente su época, en los Sesenta Saint Laurent supo intuir el cambio que el auge del prêt-à-porter impondría en el sistema de la moda, y fue el primer creador de alta costura que en 1966 osó diseñar una línea de prêt-à-porter, Rive Gauche, y abrir una boutique al mismo tiempo en Saint-Germain, el barrio más bohemio de París, vinculándola, tanto por su nombre como por su localización, a la vanguardia y la rebeldía. Ese mismo año lanzó el smoking para mujer, evidenciando así la ruptura de esquemas  al cuestionar los roles de género establecidos, a tenor de la revolución sexual.

 

Julio de 1968 marcó el inicio del ascenso imparable de Saint Laurent, que presentó una colección que consagró el pantalón como el indispensable del guardarropa femenino, creando definitivamente el estilo Yves, además de poner por primera vez en una pasarela las transparencias, homenaje al cuerpo de las mujeres. Ese año también creó la versión masculina de Rive Gauche, liberando también a los hombres del tradicional canon de virilidad, acompañándolos en su acceso a la androginia.

 

Después llegaría la colección 1971, la más controvertida de su carrera, calificada como vulgar e incluso “nauseabunda” por el Daily Telegraph, por subvertir el buen gusto de la alta costura y presentar a unas mujeres sexys, de aire canalla, nunca antes vistas sobre una pasarela, recordando más a las prostitutas de la calle que a las burguesas bienpensantes. Por si el escándalo fuera poco, ese mismo año decidió posar desnudo con aires de Jesucristo Superstar para promocionar su primer perfume masculino, bajo el objetivo de Jean-Loup Sieff, reflejo de la liberación sexual del mundo gay y del triunfo de la belleza carnal. El creador se transformó en producto: esa fue su gran licencia y una excelente operación de marketing, como el lanzamiento de Opium, en 1977, un perfume concebido para provocar, con una sensual campaña publicitaria protagonizada por Jerry Hall y firmada por Helmut Newton, que causó las protestas de las asociaciones antidroga y de la comunidad china en EE.UU. Una impagable publicidad gratuita, cuyo resultado fue un éxito espectacular de las ventas.

 

Los años Setenta marcaron, a mediados, un importante giro en su carrera como creador, además de ser el primer signo de la crisis de su salud. Si por un lado fue el momento en que Saint Laurent accedió al flechazo del color, expresado por sus colecciones Ballets Rusos y Ópera, por otro empezó a abandonar la radicalidad de su estilo, que fue haciéndose más conformista, volcándose en el exotismo y las referencias artísticas en unas colecciones marcadas por la opulencia y el color, que lo llevaron progresivamente a desconectar de la realidad de la moda.

 

El mortal. Homosexual consciente desde pequeño, fue un paria en el colegio, vivido como un calvario de burlas y escarnios, cuando todavía esa condición sexual estaba penada socialmente, mientras ocultaba su sufrimiento a su familia. Después vino el trauma del servicio militar, donde fue víctima de una depresión nerviosa e internado en el hospital, atiborrado de tranquilizantes y sometido a un tratamiento de electrochoques durante dos meses. Fue el inicio de la fragilidad mental que caracterizaría toda su vida.

 

La década de los Sesenta fue intensa. Empezó con la vida en común con Pierre Bergé; marcó el inicio de la consagración de Saint Laurent; su descubrimiento de Marrakech, lugar exótico de encuentro de la jet-set hippie; la ruptura con su pasado, concretada por el inicio de su guerra personal con Karl Lagerfeld, celoso de su éxito; el abandono de su imagen de burgués de provincias, y su iniciación al consumo de drogas y alcohol. Es también la década en la que se creó el clan Saint Laurent, que tanta tinta haría correr a lo largo de la década siguiente, formado por la ambigua Betty Catroux, su alter ego femenino; la fascinante Loulou de la Falaise, su mano derecha; Paloma Picasso, la extravagante heredera; además de Bergé; Clara Saint, responsable de prensa de Rive Gauche; y Anne-Marie Muñoz, directora del estudio. Un clan que lo protegería como un escudo impenetrable del mundo exterior, desde el principio hasta el final.

 

1973 marcó un encuentro importante en la vida de Saint Laurent. Jacques de Bascher, un joven de 22 años, con veleidades aristocráticas y aspecto de dandy, por entonces el mantenido de Lagerfeld, entró en su vida. De Bascher fascinó a Saint Laurent hasta llevarlo a la obsesión, manteniendo con él una relación extrema que fue un ataque directo al orgullo de Lagerfeld, avivando así más su guerra privada, desde entonces pública y notoria. Una relación tormentosa que dejó una huella indeleble en la salud de un Saint Laurent volcado en el exceso y adicto ya a las drogas y el alcohol.

 

Saint Laurent y Bergé mantuvieron una relación de 18 años de vida en común, que se rompió en marzo de 1976, tras la impotencia de Bergé para seguir soportando la presión provocada por la tendencia de Saint Laurent a la autodestrucción. A partir de ese momento el tema de su salud, hasta entonces convenientemente ocultado, salió a la luz. Sólo su círculo de íntimos conocía la cara oculta de Yves Saint Laurent, el gentil, amable, tímido, adorable e hipersensible creador. Saint Laurent era maníaco-depresivo.

 

Este hecho, teniendo un imperio económico en plena expansión, debía gestionarse cuidadosamente, así que se enmascaró recurriendo a la tradición romántica del genio torturado, a lo Proust. A medida que su salud fue empeorando, Bergé vivió en una tensión constante para proteger la vida de Saint Laurent y su reputación. El propio creador dejó de hacer apariciones públicas, escondiendo así sus intermitentes ingresos en un hospital psiquiátrico. En octubre de 1976 cayó en un estado depresivo del que ya nunca saldría. Para Bergé, de Bascher era el responsable.

 

Pero la realidad es que la autodestrucción era esencial para la creatividad de Saint Laurent. Él escogió su propio destino, y de Bascher fue sólo un instrumento. Saint Laurent vivió una vida de martirio voluntario, consentida por el propio Bergé, atrapado por la fascinación del genio. Una relación que si bien estaba rota en la convivencia, ligó a ambos hombres de por vida.

 

Saint Laurent hizo responsable de su persona a Bergé, porque era dependiente, y decidió dejarse controlar. Y si a los ojos del mundo hubo momentos en que parecía que, efectivamente, Bergé era el que dominaba la relación y la vida de Saint Laurent, más tarde la lectura cambiaría, y el propio Bergé se reconocería “prisionero consentido”.

 

En 1978 Saint Laurent bebía cuatro litros de alcohol al día y fumaba 120 cigarrillos. En 1985 fue hospitalizado por coma etílico. Sus colecciones se habían hecho repetitivas y extravagantes para la época. Crear representaba una tortura cada vez aumentada. Su egocentrismo se hizo más agudo. “Como todos los creadores, es de un egoísmo espantoso y los demás no cuentan demasiado, a causa de ese egoísmo. El mundo exterior no le interesa. Cada artista, cada creador, inventa su propio sistema solar y el mundo entero gira alrededor del sol y ¡el sol es él!” De esta manera Pierre Bergé describía a Saint Laurent. Y el propio creador, en una entrevista en 1991, declaró: “En verdad, hay muy pocos grandes couturiers, muy pocos geniales… Para ser precisos, diría que sólo dos: Givenchy y yo. El resto, los otros, son la multitud, el horror”.

 

No quiso sucesor, convencido que su muerte marcaría también la muerte de la costura: “Soy el último couturier, la última casa de costura. Sólo quedo yo”, declaró a su retirada en 2002. Por eso renegó del efímero éxito que tuvo Alber Elbaz cuando se hizo cargo en 1998 del diseño de Rive Gauche, haciendo lo mismo cuando llegó Tom Ford. “Hace lo que puede, pobre”, fueron sus palabras.

 

Yves Saint Laurent, genio mortal. Ídolo inmortal con pies de barro. ¿Qué hay de más humano? Memento mori…

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