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24 May 201810:26

Ahora o nunca. Un texto sobre feminismo y moda (nupcial)

Ahora o nunca. Un texto sobre feminismo y moda (nupcial)

 

Tenía que escribir este post hoy, inmediatamente después de haber participado en el Barcelona Wedding Summit hablando de branding a las marcas de moda nupcial, porque después de haber preparado mi intervención, en mi cabeza se habían quedado unas cuantas reflexiones por hacer. No sobre las marcas (que también, pero no ahondaré en ello), sino sobre el concepto “novias” y sus efectos colaterales, ahora que, presuntamente, hasta Dior se reclama feminista, instando a todas las mujeres a una Sexta Internacional.

 

Así que, ahora o nunca. Y es ahora, porque, a riesgo de ser tan políticamente incorrecta como suelo, quiero dejar constancia de lo que me ha venido a la cabeza estos días, sumergida como he estado en un sector ultraconservador que tiene mucho que evolucionar.

 

Más que de branding, esto va a ir de sociología, de género, de educación y de voluntad. Al fin y al cabo, creo que una de las funciones de las marcas en el sector moda, donde más antropomorfizadas están y porque afectan directamente a nuestra imagen, es la de hacer evolucionar a la sociedad hacia un mundo mejor.

 

 

 

 

Por eso creo firmemente que una marca ha de estar sustentada por unos valores que no sólo verbaliza, sino que cumple (hacia dentro y hacia fuera), y tener una propuesta que conecte emocionalmente con sus públicos. Y las marcas deberían proyectar otros modelos de mujer, y no estar centradas en el discurso sempiterno de la mujer objeto. Aquí me vendría que ni al pelo el primer capítulo de mi tesis doctoral, pero prefiero abusar más abajo de la autocita.

 

Después de analizar más de cien marcas nupciales –nacionales e internacionales- he comprobado horrorizada como la inmensa mayoría de ellas sigue vendiendo el mismo discurso de novia-princesa Disney de toda la vida. Vamos, que el discurso judeocristiano y patriarcal que tenemos tan grabado a fuego en nuestro inconsciente colectivo ha hecho tan bien su trabajo, que en el momento del matrimonio no hay manera de sacudírselo. Bueno, sí, maneras hay, pero las marcas nupciales no las contemplan, porque les sigue siendo rentable, como en la moda en general.

 

No culpo a las marcas por venderlo, tienen todo su derecho, culpo a las mujeres por comprarlo y asumirlo. En el mundo de la moda, por desgracia, la objetualización de la mujer sigue funcionando de maravilla. Ellas siguen queriendo ser princesas, y ellos asumen el papel de príncipes, encantados de la vida. O, al menos, poco quejicosos.

 

 

 

 

Con su permiso, voy a recuperar un texto no publicado en un medio, que escribí en 2013 para una de mis clases, y que titulé De príncipes y princesas, que viene muy al caso:

De forma genérica, un príncipe, del latín princeps, ‘el primero y más excelente, superior, guía, modelo’, es el hijo de un rey, en particular el heredero al trono. Su femenino, princesa, deriva del francés princesse, a su vez de prince, ‘príncipe’, derivado a su vez del original latino. Metafóricamente, el príncipe simboliza las grandes acciones y la promesa de un bien supremo, la primacía entre sus pares, cualquiera que sea el dominio considerado.

 

Príncipes y princesas, habituales protagonistas de muchos cuentos tradicionales, pueblan nuestro imaginario colectivo, personificando la idealización del hombre y la mujer, y encarnando belleza, amor, juventud y heroísmo. El Príncipe Encantador, el Príncipe Azul, el Príncipe Valiente; Blanca Nieves, La Bella Durmiente, Cenicienta, son algunos de estos personajes, cuyo rol, sin embargo, es asimétrico y dependiente del género.

 

En los cuentos, el príncipe es un héroe activo, es decir, trascendente, que se realiza mediante la acción. También, frente a la princesa, es superior en riqueza, ocupación laboral y status social, es decir, posee el poder. Además, es bello, todo un caballero y valeroso.

La princesa, sin embargo, suele ser siempre una heroína pasiva, encarnando la belleza y el valor moral, en relación con el papel tradicional reservado especialmente en la cultura judeocristiana a la mujer, ligado a la inmanencia, al recluirla en la maternidad y el trabajo doméstico.

 

 

 

 

En los cuentos populares, el príncipe eleva el estatus de la mujer mediante el amor y el matrimonio, encarnación de una masculinidad basada en el poder y el dinero. La princesa, por otro lado, para triunfar en el amor, debe ser bella y sumisa, representando la feminidad tradicional, basada en la apariencia y dependencia.

 

De todas estas ficciones legendarias, la Cenicienta es el relato más universal, dirigido casi exclusivamente a las mujeres, y muy presente por ello en el inconsciente femenino. La historia trata del ascenso de una joven buena y sumisa, maltratada por la vida, a la categoría de princesa con ayuda mágica. Una historia que ha fascinado y sigue fascinando a millones de mujeres, llevada al cine de distintas maneras: desde el clásico de Disney, hasta Pretty Woman, pasando por las sofisticadas versiones protagonizadas por Audrey Hepburn en My Fair Lady, Sabrina y Funny Face.

 

Desde China (siglo IX a.C.) hasta Egipto (siglo III), pasando por Persia (siglo XII) y los indígenas norteamericanos, hasta las versiones occidentales de Giambattista Basile (1634), Charles Perrault (1697) y Los Hermanos Grimm (1812), este cuento ha estado tan presente en nuestro imaginario colectivo, convertido en un relato básico, muy fácilmente descodificable y, sobre todo, aspiracional. Por eso es uno de los más utilizados por las marcas, especialmente de moda (aunque no sólo), ya que Cenicienta necesita embellecer su apariencia para poder llamar la atención del Príncipe.

 

En este sentido, el Cinderella storytelling se ha convertido en un clásico relato de marca, destinado a perpetuar códigos de comportamiento ancestral de género, poco acordes con el siglo XXI. La Cenicienta original es sumisa, pobre, emotiva, dependiente, a-crítica, y se aliena en su apariencia para conseguir su objetivo, el Príncipe. Por otro lado, cuando algún personaje femenino detenta el poder (la madrastra, las hermanastras), se relaciona con la fealdad y la maldad. Simétricamente, el Príncipe tiene iniciativa propia, es rico, controla sus emociones, es independiente, tiene juicio propio y su aspecto es viril, con todas sus connotaciones asociadas.

 

 

 

 

De esta manera, este relato perdura en la actualidad como uno de los estereotipos más fáciles de asumir, ya que forma parte del mundo aspiracional, inconsciente sobre todo, de millones de mujeres y hombres, fascinados por un cuento infantil que los ha acompañado a lo largo de siglos. Por esta razón algunas marcas lo han hecho suyo, modernizándolo, aunque los valores implícitos sigan siendo los mismos.

 

Sin embargo, una versión siglo XXI de este cuento existe, y data del XVII. Su autora fue, curiosamente, una mujer, Marie-Catherine le Jumelle de Barneville, Baronesa d’Aulnoy, que en sus Contes Nouveaux ou Les Fées a la Mode (1698) presenta a una Cenicienta que utiliza su habilidad intelectual y física para salir victoriosa de sus aventuras, y que, montada en su caballo, va al encuentro del príncipe. Es decir, muestra una feminidad afirmada en el intelecto y la independencia. ¿Qué hubiera pasado si Disney nos hubiera contado esta versión? Seguramente hoy las cosas serían algo distintas.

 

Hasta aquí lo que escribí entonces. Hoy quiero añadir algunas cosas más, visto lo analizado en el sector nupcial, donde todas las novias me parecían la misma novia.

 

 

 

 

Soy feminista. Soy una mujer independiente, educada en la independencia gracias a una madre moderna, y mi padre nunca tuvo nada que objetar. El 8 de marzo colgué un texto en mi Instagram con la cita de Mary Shelley “No deseo que las mujeres tengan más poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”, con un largo comentario sobre el día y algunos temas colindantes (desde el #metoo de alfombre roja a Anna Gabriel, pasando por los medios de comunicación y las cuotas), que venía a resumir en la frase final: “Para mí, ser feminista es hacer como mujer lo que me toca hacer: ser responsable de mi propia vida”.

 

Que muchas, demasiadas mujeres sigan instaladas en el papel de princesas (fuente: Isabel Menéndez Menéndez, Doctora en Filosofía, licenciada en Periodismo y experta en Estudios de las Mujeres, Feministas y de Género, por cierto, una de los miembros de mi tribunal de tesis) no es una buena noticia en el siglo XXI. Pero peor es que no se den ni cuenta, asumiendo como naturales y propias actitudes derivadas del patriarcado. No puedes pasearte por una alfombra roja o un pasillo de iglesia vestida como una princesa y decir que eres feminista. No. Es un oxímoron se mire como se mire. Pero muchas lo harán, y estarán convencidas de que sí lo son y de que el vestido no tiene nada que ver. Pero sí tiene que ver, y mucho.

 

Después de comprobar que el sector nupcial es el día de la marmota Disney (algo que, ¡Oh sorpresa! parece que comparte el mismísimo don José Luis Nueno por lo que me ha confesado una expertísima del sector, en un estudio que hizo el año pasado), me niego a pensar que todas las mujeres que se casan quieran ser princesas. Muchas, sin duda, pero no todas.

 

 

 

 

Así que ojalá esas marcas (pocas todavía) que ofrecen otro tipo de novia, pero que no lo comunican como deben, lo hagan. Ojalá valores que la representen. Ojalá más propuestas de marca enfocadas en otro tipo de mujer, que ayuden a cambiar el modelo. Ojalá más Kawakubos, pero occidentales y sureñas.

 

Podría seguir escribiendo sobre el tema, pero creo que ya me he extendido bastante. Sólo pretendía hacer reflexionar a las mujeres que lean estas líneas, porque hay una cosa clara: sólo nosotras nos salvaremos, no hay que esperar que nos salven ellos. Las princesas de verdad se salvan solas. Pero la libertad cuesta, y lo contrario es tan fácil, está tan marcado…

 

Como individuos, hay que aprender a ser libres de verdad, libres de los estereotipos impuestos (¿o debería decir arquetipos?). Hay que ser independientes, algo incómodo pero necesario. Hay que usar el intelecto y no el cuerpo para reivindicarse.

 

Al final, como siempre, acabo en Chanel. En Coco Chanel, claro, no ese sucedáneo desleído que es ahora la marca comercial. Por eso nunca podré estar de acuerdo con Chiuri y su diorissimo We Should All Be Feminist. Porque nada hay peor que el feminismo fake.

 

El día que, de verdad, las mujeres seamos todas feministas -es decir, que seamos libres de verdad y nos hagamos cargo de nuestra propia vida-, ese día podremos utilizar nuestros cuerpos como nos venga en gana para exhibirlos, e incluso nos podremos vestir de princesas. Pero, lamentablemente, ese día queda todavía muy, muy lejos. 

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