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22 Oct 202016:58

En Zara a lo ‘Pretty Woman’: así vende Inditex con cita previa

Modaes.es acude a una tienda de Zara en A Coruña y a una de Oysho en Barcelona en el primer día de ventas con cita previa en el marco de la reapertura del comercio tras el cierre por el coronavirus.

07 May 2020 — 18:27
C. Juárez/ V. Luaces/ P. Riaño
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En Zara a lo ‘Pretty Woman’: así vende Inditex con cita previa

 

 

Son las cuatro menos cinco y Vanesa se planta en la puerta de la tienda de Zara de la calle Juan Flórez, en A Coruña. Esta mañana ha llamado por teléfono al local y le han dado cita. “Hola, ¿tienes cita?”, le dice una dependienta en cuanto se acerca a la puerta, que no se abre automáticamente. “Espera cinco minutos y en seguida entrarás”, añade. Inditex ha comenzado hoy a reabrir algunas de sus tiendas tras el parón provocado por el coronavirus, aunque sólo con cita previa. Medidas de seguridad, atención personalizada y descuentos marcan una experiencia a lo Pretty Woman en Zara.

 

En el interior de la tienda (donde unos operarios colocan vinilos en el suelo para dirigir el tráfico y marcar distancias de seguridad), siete dependientas con mascarillas higiénicas y guantes esperan a las clientas, aunque solamente hay dos a la vez. “Vanesa, te va a atender María, límpiate con el gel y ponte unos guantes”, le dice la dependienta a la clienta mientras señala a un bote de color negro de gel higienizante con el logotipo de Zara de gel desinfectante y a una caja de guantes.

 

La tienda está tal cual se cerró. De sus burros todavía cuelgan abrigos, aunque en A Coruña hoy el termómetro marca cerca de veinte grados. Ni rastro de la nueva colección. Como la clienta quiere comprar un vestido verde de primavera, la dependiente saca un terminal (que manipula ella en todo momento) y lo busca para realizar la compra online.

 

El pedido online llegará a casa de la clienta, pues la tienda todavía no ha activado el servicio de recogida en el punto de venta y, además, como dice la dependienta “aquí ya tenemos suficiente stock”.

 

 

 

 

La dependienta, con uniforme gris marengo de invierno, se dirige a la clienta en todo momento por su nombre de pila, con total cercanía y amabilidad. “¿Querrías mirar algo más?”, le dice. Vanesa pregunta por los descuentos y la dependienta le señala un discreto cartel tamaño A4 con un símbolo de porcentaje impreso.

 

Con guantes, Vanesa puede tocar todas las prendas y cotillear en los burros dando una vuelta por la tienda (donde las vaporetas destacan más que habitualmente), aunque la dependienta permanece a su largo en todo momento. Con las prendas seleccionadas, pide si se las puede probar y es acompañada al probador.

 

Completamente sola en los probadores, la dependienta va trayéndole las tallas que necesita. Otra clienta quiere probarse en ese mismo momento, pero la hacen esperar. Cuando Vanesa termina y deja las prendas en una mesa para que, como le explican, sean desinfectadas, otra dependienta entra a limpiar el probador.

 

La clienta decide quedarse, también, dos prendas con descuento. Se lleva un pantalón que antes marcaba 29,95 euros por 12,99 euros y una camisa que valía 19,95 euros, por 15,99 euros. Más del 50% de descuento.

 

Llega el momento de pagar y se dirige a la caja, protegida por una mampara. La misma dependienta que le ha atendido, ahora le cobra. El pedido online lo paga con tarjeta, el del stock de tienda, con dinero en efectivo.

 

“Muchas gracias, Vanesa”, le dice la dependienta, que le explica que, al menos durante esta semana y hasta que no reciban otra notificación, la tienda sólo funcionará con cita previa. De hecho, una trabajadora de Zara está al teléfono continuamente cogiendo citas.

 

 

 

 

Oysho en Paseo de Gracia


“Hola, soy Claudia, bienvenida a Oysho”. Así recibe la encargada de la tienda de la cadena de íntimo del número 67 de Paseo de Gracia de Barcelona a Carmen, la primera clienta del establecimiento en un mes y medio. Después de pasar debajo de una persiana bajada a medias, cruzar la puerta con la llave echada y desinfectarle las manos con gel higienizante, Claudia acompaña a Carmen a la sección de más interés, previamente consultada por teléfono.

 

Esta mañana, Carmen ha llamado a la tienda para pedir cita. Aunque inicialmente le han dicho que aún no podían dar el servicio, finalmente le han dado hora. “¿Qué querrás ver?” “Ropa de deporte”.

 

Otra vendedora se encuentra al fondo del establecimiento tratando unas prendas con una vaporeta, mientras que una tercera está en la caja ordenando pedidos y organizando el stock, que no se ha actualizado desde que se bajó la persiana de la tienda el pasado 14 de marzo. Mientras, Claudia aconseja sobre qué ropa de deporte es más adecuada para la temporada de verano e invita a la clienta a probarse todas las prendas que desee.

 

También hay margen para que Carmen pasee a solas por el establecimiento e ir mirando sus preferencias. “Toca lo que quieras, no pasa nada, nosotras nos encargamos luego”, la tranquiliza Claudia. Después de escoger una selección de prendas y resolver todas las dudas, Claudia acompaña a Carmen al probador.

 

“¿Todo bien?”, pregunta Claudia con una sonrisa escondida tras una mascarilla. “¿Necesitas otra talla?”, insiste detrás de las cortinas del probador. Después de elegir un vestido verde de lunares, Carmen sale del probador y se dirige a la caja.

 

 

 

 

“Espera un segundo, tienes que colocar la ropa que no te llevas en estas cajas”, le indica Claudia. “Es por precaución, ahora las dejamos un rato ahí y luego les pasamos la vaporeta para desinfectarla”, aclara la vendedora. “¿Y el probador?”, pregunta Carmen. “También le pasamos la vaporeta y un producto para desinfectarlo”, explica Claudia.

 

En la caja, la dependienta está desinfectado el datáfono mientras activa el método de pago, sin funcionar durante casi dos meses. “Perdona, es que lleva un montón de tiempo apagado y tarda en despertarse”, se disculpa la vendedora mientras llama a un técnico para resolver el problema.

 

Mientras, la tercera dependienta tacha el nombre de Carmen de la lista de clientas que han llamado para acudir a Oysho con cita previa. Por ahora, sólo una señora de más de 65 años, ya que se encuentra en el horario de entre las 7 y las 8 de la tarde, reservado para el público de esa franja de edad, que también puede acudir a la tienda de forma exclusiva entre las diez y las doce de la mañana.

 

Una vez arreglado el datáfono, Carmen paga el vestido entre mil disculpas por parte de la dependienta, apurada por haber hecho esperar a la primera clienta. “Si quieres devolverlo tienes que volver a pedir cita, y tienes treinta días una vez las tiendas vuelvan a abrirse y funcionar de manera normal”, explica la vendedora. “Por ahora trabajamos con cita previa hasta nuevo aviso”, añade.

 

Una vez hecho el cobro, Claudia vuelve a acompañar a Carmen a la salida y le invita a desinfectarse las manos de nuevo. Después de salir, la vendedora vuelve a cerrar la tienda con llave a la espera de una nueva clienta. 

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